Haz las paces con el pasado

Hubiera querido que mi pasado estuviera lleno sólo de momentos felices, memorables, sin arrepentimientos ni errores que me quitaran el sueño muchas veces pero entendí, por las malas, que es algo que no se puede cambiar. Después de mucho tiempo me hice una promesa, iba a aceptar mi pasado tal y como estaba, iba a hacer las paces con él.

Viví  mucho tiempo molesta por haber pasado por situaciones que me dañaron profundamente. Estaba molesta porque me lastimaron, porque si hubiera hecho las cosas de diferente manera sería otra la historia que contaría ahora. Me molestaba saber que yo misma había hecho algo que no quería y me convencieron, odiaba la idea de haberle fallado a los demás, odiaba haber dicho lo que debí callar y odiaba aún más la idea de no haber dicho que sí o que no cuando tuve la oportunidad. Vivía llena de arrepentimientos, de rencores, de dolor fuera de tiempo. De querer dar lo que fuera por poder volver a hacer las cosas de diferente manera. Pasaba más tiempo del que debería dándole vueltas a lo que evidentemente no podía cambiar.

Tarde o temprano entendí que pelearme con mi pasado era una batalla que jamás iba a ganar. Me rendí. Estaba cansada de quejarme, de culparme y de revivir cada día todo lo que me lastimó. Y es que el pasado es permanente, es algo que aunque neguemos, nunca se irá. El pasado es lo que es y punto.

¡Quiero ser emocionalmente estable!

Decidí darle la mano a lo que no fue y agradecer lo que sucedió. Acepté vivir con la firme idea de crear mejores memorias que las que tengo, acepté que aunque hubo momentos malos también fui muy feliz en el camino. Aprendí muchas cosas, visité lugares maravillosos y conocí a personas que me ayudaron a crecer conforme al propósito que debían cumplir en mi vida.

Dejé de arrepentirme y empecé a contar mis errores como anécdotas que ahora me sacan una sonrisa.  Ahora entiendo que si no hubiera pasado por todo lo que pasé no estaría donde estoy, no sería lo que soy y no agradecería más que nunca por todo lo que tengo.

Dejé de ver mi pasado como una maldición y más como una bendición. Es que no somos nuestros errores, no somos nuestro dolor, no somos un saco lleno de culpas y arrepentimientos. Eres una luz en la oscuridad, eres magia, eres amada, valorada, eres un futuro lleno de sueños por hacer realidad.

Haciendo una limpieza profunda en casa el otro día, me encontré con una caja llena de fotos que no recordaba que existían. Me topé con un montón de buenos recuerdos, caras de gente que amo y otras tantas con personas que ya no están pero que me hizo muy feliz ver de nuevo aunque sólo fuera posible  en una imagen. Casi al fondo de la caja encontré una fotografía que pensé que había quemado junto con las demás de donde vino. Sobra decir la razón.

– Te ves tan feliz en esa foto – me dijo mi sobrino.

El pasado vino a recordarme que jamás se iría pero, también vino a decirme que aunque me costó mucho dolor haber sido tan feliz en esa fotografía, también era momento de mirarla aceptando que me trajo un gran recuerdo de ese día donde todo fue perfecto, que no tenía nada de malo que en ocasiones recordáramos sólo lo bueno.

Haz las paces con el pasado

Que lo malo ya pasó, lo bueno también, pero permanece haciendo sonreír a tu corazón. Puse la fotografía en su lugar y volví a guardar la caja para otra vez que el pasado quiera recordarme todo lo que he caminado hasta entonces. Hice las paces con él.

Mely Garcia

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