El consejo de mi abuela

Desgraciadamente, no tengo muchos recuerdos de mi niñez. Debo decir que tuve una infancia solitaria criada como hija única. Los únicos y más preciados recuerdos son los que tengo al lado de mi abuela, quien con todo el amor que sólo ellas saben dar me enseñó la vida a través de sus ojos con consejos que llevo tatuados en el corazón.

Sentarme a su lado y que me enseñara a coser era mi pasatiempo favorito. Ver todas aquellas películas en blanco y negro de su época era un placer. Estaba al lado de mi abuela la mayor parte del tiempo, ella era mi hogar y mi más grande refugio.

Ella tuvo una vida muy difícil. Crecer escuchando sus historias sólo me hacía admirarla más y más. Historias llenas de desilusiones, dolor, miedo y de incertidumbre en su juventud. Verla siempre fuerte e inquebrantable a pesar de todo la convirtió en mi heroína. Yo conocía todas sus penas y batallas. Me dolía saber que había pasado por tanto y al mismo tiempo me sorprendía su resiliencia.

Pasé hasta el último de sus días junto a ella y en uno de ellos me dejó un último aprendizaje.

“Que no se te olvide, hija. No hay mal que dure cien años”

Hoy, me alegra saber que he podido comprobarlo. Esa mujer me enseñó a vivir con su presencia y ahora me sigue enseñando a vivir en su ausencia.

Efectivamente, no hay mal que dure cien años, todo pasa, todo sana. No hay heridas que no puedan cerrar ni dolores que no se quiten.

La vida misma te moldea a base de innumerables dificultades y problemas que ten por seguro, siempre llegan a su final. Como dicen:

“…esto es como un flechazo apache. Si no te ha matado ya cada minuto estarás más curado”.

Libro Mujeres que compran flores de Vanessa Montfort

Hoy, tengo el placer de decírtelo por si lo necesitas tanto como yo: no hay mal que dure cien años. No olvides que la eternidad también caduca y nada está perdido a menos de que te rindas. No hay nada que dure para siempre, no hay nada que no pueda tener solución. Sé valiente, levanta a cabeza y afronta los problemas con humildad.

Aunque puedan llegar dificultades disfrazadas del fin del mundo, ten por seguro que todo así como llega, también se va.

Atraviesa cada tormenta con la certeza de que ha de cesar tarde o temprano porque, como decía mi abuela: “no hay fecha que no llegue ni plazo que no se cumpla”. La vida no se detiene, aún hay mucho que caminar.

Mely Garcia

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